La lucecita que tenía sueño
Una luciérnaga ayuda a cada animal del bosque a encontrar su lugar para dormir, y al final descubre que ella también merece descansar.
2–5 años
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En un bosque tranquilo, cuando el sol se iba a dormir, una luciérnaga llamada Luz encendía su lucecita amarilla para alumbrar el camino a casa de todos.
—¡Buenas noches, Luz! —decía el conejito, que no encontraba su madriguera entre tantas sombras. Luz voló despacito delante de él hasta la puerta redonda de tierra.
Después, un pajarito pequeño temblaba en una rama muy alta, asustado de la oscuridad. Luz se posó junto a él y le mostró, con su brillo suave, el nido calentito que lo esperaba.
La tortuga caminaba tan despacio que se le hacía tarde para llegar al estanque. Luz la acompañó todo el camino, contándole cuántas estrellas ya se veían en el cielo.
Uno por uno, el zorro, el erizo y las ardillas fueron encontrando su lugar gracias a la lucecita amarilla que iba y venía sin cansarse.
Pero cuando el bosque quedó en silencio y todos los animales dormían, Luz se dio cuenta de algo: sus alitas pesaban y su luz brillaba cada vez más despacito.
—¿Y quién me acompaña a mí? —pensó Luz, bostezando entre las hojas de un helecho suave.
Desde lo alto, la luna la miró con cariño y le habló bajito: —Yo te cuido esta noche, pequeña Luz. Tú ya ayudaste a todos; ahora te toca descansar.
Luz sonrió, se acurrucó entre los pétalos de una flor cerrada y dejó que su lucecita se apagara despacio, como un suspiro.
Y así, bajo la luz plateada de la luna, la lucecita que cuidaba de todos por fin cerró los ojitos y durmió profundamente. Fin.
Fin